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Bienvenid@ a la web del
Instituto de Enseñanza Secundaria Celia Viñas
(Almería, España)

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Histórico de libros

Te proponemos un pequeño juego: desplázate a lo loco por esta página con la rueda de tu ratón, y deténte en cualquier sitio (¡no importa donde!). Luego,  lee el pequeño fragmento del libro a donde el azar te haya conducido. No te llevará más de dos minutos. Y si la experiencia te gusta, vuelve mañana a por más.

Nosotros creemos que te gustará.

Los fragmentos que encontrarás aquí pertenecen todos a grandes libros (que no necesariamente libros grandes)  que hemos colgado para ti. Seguro que, pares donde pares, encuentras algo interesante.

Estos fragmentos pretenden despertar la curiosidad de aquéllos que los desconocen y los recuerdos de los que ya visitaron sus páginas. Iremos renovándolos en la sección "El libro del mes" con periodicidad aproximadamente mensual (claro), y después de ese tiempo los traeremos a esta sección, donde dormirán el sueño de los justos hasta que un lector o lectora como tú los rescate del rincón de una estantería. 

Y ya sabes: si quieres saber cómo continúa cualquiera de estos libros, acércate a una biblioteca o a la librería más cercana y pregunta él.

 

 

  "Las luces de septiembre", de Carlos Ruiz Zafón  

Te confesaré un secreto. Muchas veces, durante las largas noches de invierno de la guerra, mientras los disparos y los gritos resonaban en la oscuridad, dejaba que el pensamiento me llevase otra vez allí, a tu lado, a aquel día que pasamos en el islote del faro. Ojalá nunca nos hubiéramos ido de aquel lugar. Ojalá aquel día jamás hubiese terminado.

Y eso es todo. O nada ¿Cómo explicarte todos mis sentimientos, todos mis recuerdos durante estos años? Preferiría borrarlos de un plumazo. Quisiera que mi última memoria fuese la de aquel amanecer en la playa y descubrir que todo este tiempo no ha sido más que una larga pesadilla. Quisiera volver a ser una muchacha de quince años y no comprender el mundo que me rodea, pero eso no es posible.

No quiero seguir escribiendo ya. Quiero que la próxima vez que hablemos sea cara a cara. Volveré a la estación de Austerlitz y tomaré el tren de Normandía, como lo hice hace diez años. Sé que me esperarás y sé que te reconoceré entre la gente, como te reconocería aunque hubiesen pasado mil años. Lo sé desde hace tiempo.

Hace una eternidad, en los peores días de la guerra, tuve un sueño. En él, volvía a recorrer la Playa del Inglés contigo. El sol se ponía y el islote del faro se distinguía entre la bruma. Todo era como antes: la Casa del Cabo, la bahía…Todos menos nosotros. Éramos un par de viejecitos. Tú ya no estabas para navegar y yo tenía el pelo tan blanco que parecía ceniza. Pero estábamos juntos.

Desde aquella noche he sabido que algún día, no importaba cuándo, llegaría nuestro momento. Que en un lugar lejano, las luces de septiembre se encenderían para nosotros y que, esta vez, ya no habría más sombras en nuestro camino.

Esta vez sería para siempre.

 

  "La muerte lenta de Luciana B.", de Guillermo Martínez   

  El teléfono sonó una mañana de domingo y tuve que arrancarme de un sueño de lápida para atenderlo. La voz sólo dijo Luciana, en un susurro débil y ansioso, como si esto hubiera debido bastarme para recordarla. Repetí el nombre, desconcertado, y ella agregó su apellido, que me trajo una evocación lejana, todavía indefinida, y luego, en un tono algo angustiado, me recordó quién era. Luciana B. La chica del dictado. Claro que me acordaba. ¿Habían pasado verdaderamente diez años? Sí: casi diez años, me confirmó, se alegraba de que yo viviera todavía en el mismo lugar. Pero no parecía en ningún sentido alegre. Hizo una pausa. ¿Podía verme? Necesitaba verme, se corrigió, con un acento de desesperación que alejó cualquier otro pensamiento que pudiera formarme.

Sí, por supuesto, dije algo alarmado, ¿cuándo? Cuando puedas, cuanto antes. Miré a mi alrededor, dubitativo, el desorden de mi departamento, librado a las fuerzas indolentes de la entropía y di un vistazo al reloj, sobre la mesa de luz. Si es cuestión de vida o muerte, dije, ¿qué te parece esta tarde, aquí, por ejemplo a las cuatro? Escuché del otro lado un ruido ronco y una exhalación entrecortada, como si contuviera un sollozo. Perdón, murmuró avergonzada, sí: es de vida o muerte, dijo. No sabés nada, ¿no es cierto? Nadie sabe nada. Nadie se entera. Pareció como si estuviera otra vez por romper a llorar. Hubo unsilencio, en el que se recompuso a duras penas. En voz más baja, como si le costara pronunciar el nombre, dijo: tiene que ver con Kloster. Y antes de que alcanzara a preguntarle nada más, como si temiera que yo pudiese arrepentirme, me dijo: A las cuatro estoy allá.

 

 "La sustancia interior", de Lorenzo Silva  

El extranjero se detuvo frente a la catedral. Contra el cielo oscuramente gris, sobre la fachada desfigurada por el andamiaje, las torres se alzaban majestuosas, despreciando al espectador y aun el resto del edificio, sometido, en su inconclusión, al imperio de sus formidables apéndices [...]

Aterido y frágil en la tarde de enero, el extrajero avanzó hacia el hueco a medio rematar que algún día había de ocupar el tímpano de entrada. Dudó al pasar bajo el andamio y observó con reprobación los materiales negligentemente amontonados por todas partes. Nadie le saló al paso hasta que no hubo traspuesto el portal y se halló en el interior del templo sin techumbre.

- ¿Quién es usted? - preguntó el vigilante. Era un individuo mal encarado, iba vestido con ropas deslucidas y esgrimía un bastón de madera mugrienta.

El extranjeró le ignoró durante un par de segundos, mientras contemplaba el caótico aspecto que, vista desde allí, ofrecía la catedral [...]

- Soy el maestro tallista - explicó, sin mirar al otro. Y añadió con cierta altivez - Me esperan.

- ¿Quién le espera? - se revolvió el vigilante.

- Recibí el encargo del Arzobispo. Llevo conmigo una carta con su sello y firma. ¿He de enseñársela?

- Si no tiene inconveniente.

- Pensé que no era la persona apropiada para verla.

- Probablemente no. Pero no pasará por aquí si no me la enseña - razonó el vigilante con inesperada malicia.

El extrajero hurgó en su equipaje y sacó un papel amarillento. Lo tendió al vigilante sin desplegar y mientras éste se entendía con él se abstrajo en el vuelo de un arbotante cercano, visible a través de una de las discontinuidades de las fachadas laterales.

- Parece auténtico - juzgó el vigilante, tras examinar el documento al derecho y al revés -. No puedo asegurarlo porque nunca he visto la firma ni el sello del Arzobispo, a menos que sean realmente éstos.

- ¿Por qué insistió en que le enseñara el papel, entonces?

- Porque usted no podía negarse.

 

 

"El Misterio de la Isla de Tökland", de Joan Manuel Gisbert  

Como un geiser que emergiese súbitamente de las aguas del océano, aquella singular noticia destacó desde el primer instante. Saltando por encima de las restantes informaciones que se difundieron en aquel día, fue transmitida a los cinco continentes por las agencias internacionales de prensa. Su texto decía así:

"Londres, 6 de diciembre. La dirección de la BBC ha hecho público el siguiente mensaje:

El mayor enigma de todos los tiempos espera revelar su secreto..."

 

"Las ansias de nuevas emociones de todos los aventureros, exploradores y descifradores de enigmas que sin duda existen todavía en nuestra época, van a verse colmadas próximamente por un objetivo digno tan sólo de los más audaces de entre ellos.

La Compañía Arrendataria de la Superficie y Subsuelo de la Isla de Tökland convoca a través de este comunicado un concurso internacional para seleccionar a los candidatos dispuestos a enfrentarse con éxito al más fabuloso enigma múltiple de todos los tiempos.

El concursante que sea capaz de superar todas las dificultades que encierra este certamen fantástico, recibirá como recompensa a su prodigiosa hazaña cinco millones de dólares en el mismo momento de su triunfo.»Todas aquellas personas interesadas en participar en la prueba deben dirigirse telegráficamente, y con la mayor urgencia, a nuestras oficinas provisionales de Dondrapur (Océano Índico)"

A pesar de su brevedad, aquel raro mensaje planteaba un reto apasionante, tanto por la descomunal suma ofrecida como por las insólitas dificultades que se insinuaban. Ni que decir tiene que, a pesar del halo quimérico que rodeaba a todo el asunto y prescindiendo de las lógicas sospechas de impostura que podía despertar, las oficinas de la Compañía en Dondrapur recibieron cientos de telegramas de otros tantos interesados de todas las partes del mundo, que declaraban estar dispuestos a lo que fuese con tal de poder optar al principesco premio.

Mientras tanto, durante los días siguientes, todos los medios de comunicación que habían difundido la convocatoria, siguieron ocupándose del tema y aclararon algunas circunstancias que contribuyeron a dar verosimilitud a tan espectacular desafío. Así pudo llegar a conocimiento general que la llamada Isla de Tökland existía realmente, y también la Compañía Arrendataria, autora del mensaje difundido por la BBC. 

 

  

"Sin noticias de Gurb", de Eduardo Mendoza  

0.01 (hora local) Aterrizaje efectuado sin dificultad. Propulsión convencional (ampliada). Velocidad de aterrizaje: 6.30 de la escala convencional (restringida). Velocidad en el momento del amarraje: 4 de la escala Bajo-U1 o 9 de la escala Molina-Clavo. Cubicaje: AZ-0.3.
Lugar de aterrizaje: 63Ω (IIβ) 28476394783639473937492749.
Denominación local del lugar de aterrizaje: Sardanyola.

 

07.00 Cumpliendo órdenes (mías) Gurb se prepara para tomar contacto con las formas de vida (reales y potenciales) de la zona. Como viajamos bajo forma acorpórea (inteligencia pura-factor analítico 4800), dispongo que adopte cuerpo análogo al de los habitantes de la zona. Objetivo: no llamar la atención de la fauna autóctona (real y potencial). Consultado el Catálogo Astral Terrestre Indicativo de Formas Asimilables (CATIFA) elijo para Gurb la apariencia del ser humano denominado Marta Sánchez.

07.15 Gurb abandona la nave por escotilla 4. Tiempo despejado con ligeros vientos de componente sur; temperatura, 15 grados centígrados; humedad relativa, 56 por ciento; estado de la mar, llana.

07.21 Primer contacto con habitante de la zona. Datos recibidos de Gurb: Tamaño del ente individualizado, 170 centímetros; perímetro craneal, 57 centímetros: número de ojos, dos; longitud del rabo, 0.00 centímetros (carece de él). El ente se comunica mediante un lenguaje de gran simplicidad estructural, pero de muy compleja sonorización, pues debe articularse mediante el uso de los órganos internos. Conceptualización escasísima. Denominación del ente, Lluc Puig i Roig (probable recepción defectuosa o incompleta). Función biológica del ente: profesor encargado de cátedra (denominación exclusiva) en la Universidad Autónoma de Bellaterra. Nivel de mansedumbre, bajo. Dispone de medio de transporte de gran simplicidad estructural, pero de muy complicado manejo denominado Ford Fiesta.

07.23 Gurb es invitado por el ente a subir a su medio de transporte. Pide instrucciones. Le ordeno que acepte el ofrecimiento. Objetivo fundamental: no llamar la atención de la fauna autóctona (real y potencial).

07.30 Sin noticias de Gurb.

08.00 Sin noticias de Gurb.

09.00 Sin noticias de Gurb.

12.30 Sin noticias de Gurb.

20.30 Sin noticias de Gurb.

07.00 Decido salir en busca de Gurb.
Antes de salir oculto la nave para evitar reconocimiento e inspección de la misma por parte de la fauna autóctona. Consultado el Catálogo Astral, decido transformar la nave en cuerpo terrestre denominado vivienda unifamiliar adosada, calef. 3 dorm. 2 bñs. Terraza. Piscina comunit. 2 plzs. Pkng. Máximas facilidades.

07.30 Decido adoptar apariencia de ente humano individualizado. Consultado Catálogo, elijo el condeduque de Olivares.

 

 "Cuatro amigos", de David Trueba  

Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada [...] Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada por pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe de ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados.

El padre de Blas solía decirnos que la confianza en los otros era un rasgo del débil, pero claro, cualquier asomo de humanidad era para él poco menos que una mariconada. Coronel en la reserva de consentida inclinación nazi, no concedíamos demasiado valor a sus opiniones. En el fondo sonaba más sabio lo que tirado en una taberna nos gritó un día: “Yo a mis amigos no les cuento mis penas; que los divierta su puta madre.”

La amistad siempre me ha parecido una cerilla que es mejor soplar antes de que te queme los dedos y, sin embargo, aquel verano no habría podido concebir los días sin Blas, sin Claudio, sin Raúl. Mis amigos.

 

 

 

"2001: una odisea del espacio", de Arthur C. Clarke  

La sequía había durado diez millones de años, y el reinado de los terribles saurios hacía tiempo que había terminado. Aquí, en el ecuador, en el continente que había de ser conocido un día como Africa, la batalla por la existencia había alcanzado un nuevo clímax de ferocidad. En este terreno baldío y reseco sólo podía medrar, o aun esperar sobrevivir, criaturas pequeñas, raudas o feroces.

Los hombres-mono no eran nada de ello, y no estaban por tanto medrando; realmente, se encontraban ya muy próximos a la extinción.

Una cincuentena de ellos ocupaban un grupo de cuevas que dominaban un angosto valle, dividido por un perezoso riachuelo alimentado por las nieves de las montañas, situadas a doscientas millas al norte. En épocas malas, el riachuelo desaparecía por completo, y la tribu vivía bajo el sombrío manto de la sed.

Estaban siempre hambrientos, y ahora eran presa de la torva inanición. Al filtrarse serpenteante en la cueva el primer débil resplandor del alba, Moon-Watcher vio que su padre había muerto durante la noche. No sabía que el anciano fuese su padre, pues tal parentesco se hallaba más allá de su entendimiento, pero al contemplar el enteco cuerpo sintió un vago desasosiego que era el antecesor de la pesadumbre.

Las dos criaturas estaban ya gimiendo en petición de comida, pero callaron al punto ante el refunfuño de Moon-Watcher. Una de las madres defendió a la cría a la que no podía alimentar debidamente, respondiendo a su vez con un enojado gruñido, y a él le faltó la energía para asestarle un manotazo por su protesta.

Había ya suficiente claridad para salir. Moon-Watcher asió el canijo y arrugado cadáver y lo arrastró tras sí al inclinarse para atravesar la baja entrada de la cueva. Una vez fuera se echó el cadáver al hombro y se puso en pie... Era el único animal en todo aquel mundo que podía hacerlo.

 

 

 "Ensayo sobre la ceguera", de José Saramago  

Al fin se encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila de en medio está parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, o se le agarrotó la palanca de la caja de velocidades, o una avería en el sistema hidráulico, un bloqueo de frenos, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente, se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon.

Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar al automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta, Estoy ciego.

Nadie lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas, repentinamente revueltas, todo eso que cualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un movimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún quisiera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer.

El semáforo había cambiado de color, algunos transeúntes curiosos se acercaban al grupo, y los conductores, allá atrás, que no sabían lo que estaba ocurriendo, protestaban contra lo que creían un accidente de tráfico vulgar, un faro roto, un guardabarros abollado, nada que justificara tanta confusión. Llamen a la policía, gritaban, saquen eso de ahí. El ciego imploraba, Por favor, que alguien me lleve a casa. La mujer que había hablado de nervios opinó que deberían llamar a una ambulancia, llevar a aquel pobre hombre al hospital, pero el ciego dijo que no, que no quería tanto, sólo quería que lo acompañaran hasta la puerta de la casa donde vivía, Está ahí al lado, me harían un gran favor, Y el coche, preguntó una voz. Otra voz respondió, La llave está ahí, en su sitio, podemos aparcarlo en la acera. No es necesario, intervino una tercera voz, yo conduciré el coche y llevo a este señor a su casa. Se oyeron murmullos de aprobación. El ciego notó que lo agarraban por el brazo, Venga, venga conmigo, decía la misma voz.

 

 

"El jardinero fiel", de John Le Carré  

Y desde luego pronunció su nombre con cierta brusquedad, de eso conservaba un claro recuerdo: de su voz como si fuera la de otro, y del tono arisco: «Woodrow al habla», su apellido absolutamente respetable, pero sin la atenuación del apelativo familiar «Sandy», y proferido como si lo aborreciera, porque, según la agenda del día, la acostumbrada sesión de plegarias del embajador tenía que empezar puntualmente dentro de treinta minutos, con Woodrow, como jefe de cancillería, en el papel de moderador ante una cuadrilla de divos de los grupos de presión, cada uno de los cuales aspiraba a apropiarse en exclusiva del corazón y la mente del embajador.

En suma, un odioso lunes como tantos otros, un lunes de finales de enero, la época más tórrida en el año de Nairobi, una época de sequía, polvo, hierba pardusca, escozor de ojos y calor elevándose de las aceras de la ciudad. Y las jacarandás, como todo el mundo, esperando la estación de las lluvias.

El motivo exacto por el que estaba de pie era una duda que no llegó a resolver. Por lógica, debería haber estado encogido detrás del escritorio, tecleando en el ordenador, revisando solícitamente el material orientativo llegado de Londres y el correo entrante de otras legaciones vecinas. En cambio, estaba de pie ante el escritorio, realizando alguna crucial acción no identificada, tal como, quizá, enderezar la fotografía de su esposa Gloria y sus dos hijos de corta edad, tomada el verano anterior mientras la familia disfrutaba de un permiso en Inglaterra. La embajada se hallaba en una pendiente, y su continuo asentamiento bastaba para ladear los cuadros cuando pasaban solos un fin de semana.

O quizá se dedicaba a fumigar algún insecto keniano de esos a los que ni siquiera los diplomáticos son inmunes. Unos meses atrás habían padecido una plaga de «mosca de Nairobi», unas moscas que, al aplastarlas y restregarlas accidentalmente contra la piel, podían provocar ampollas y forúnculos, e incluso la ceguera. Estaba, pues, echando insecticida, oyó el teléfono y dejó el aerosol en el escritorio para descolgar. También era una posibilidad, ya que en su memoria reciente aparecía una diapositiva en color de un bote rojo de insecticida sobre la bandeja de documentos salientes del escritorio. Así que «Woodrow al habla», y el auricular pegado al oído.

—Ah, Sandy, soy Mike Mildren. Buenos días. ¿Estás solo, por casualidad?

Mildren, de veinticuatro años, lustroso y metido en carnes, secretario particular del embajador, con acento de Essex, recién salido de Inglaterra en su primer destino en el exterior.., y conocido entre el personal subalterno, prevísiblemente, como Mildred.

Sí, —admitió Woodrow—, estaba solo. ¿Por qué?

—Por desgracia, ha surgido un imprevisto, Sandy. En realidad, querría bajar a tu despacho si tienes un momento.

—¿No puede esperar hasta después de la reunión?

—Pues... no lo creo, la verdad. No, no puede esperar, –respondió Mildren—, ganando convicción a medida que hablaba—. Se trata de Tessa Quayle, Sandy.

De pronto un Woodrow distinto, el vello erizado, los nervios a flor de piel. Tessa.

 

 

"Una breve historia de casi todo", de Bill Bryson  

Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés ahora aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos muchos años –tenemos esa esperanza–, estas pequeñas partículas participarán sin queja en todos los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.

Por qué se tomaron esta molestia los átomos es todo un enigma. Ser tú no es una experiencia gratificante a nivel atómico. Pese a toda su devota atención, tus átomos no se preocupan en realidad por ti, de hecho ni siquiera saben que estás ahí. Ni siquiera saben que ellos están ahí. Son, después de todo, partículas ciegas, que además no están vivas. (Resulta un tanto fascinante pensar que si tú mismo te fueses deshaciendo con unas pinzas, átomo por átomo, lo que producirías sería un montón de fino polvo atómico, nada del cual habría estado nunca vivo pero todo él habría sido en otro tiempo tú.) Sin embargo, por la razón que sea, durante el período de tu experiencia, tus átomos responderán a un único impulso riguroso: que tú sigas siendo tú.

La mala noticia es que los átomos son inconstantes y su tiempo de devota dedicación es fugaz, muy fugaz. Incluso una vida humana larga sólo suma unas 650.000 horas y, cuando se avista ese modesto límite, o en algún otro punto próximo, por razones desconocidas, tus átomos te dan por terminado. Entonces se dispersan silenciosamente y se van a ser otras cosas. Y se acabó todo para ti.

De todos modos, debes alegrarte de que suceda. Hablando en términos generales, no es así en el universo, por lo que sabemos. Se trata de algo decididamente raro porque, los átomos que tan generosa y amablemente se agrupan para formar cosas vivas en la Tierra, son exactamente los mismos átomos que se niegan a hacerlo en otras partes. Pese a lo que pueda pasar en otras esferas, en el mundo de la química la vida es fantásticamente prosaica: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, un poco de calcio, una pizca de azufre, un leve espolvoreo de otros elementos muy corrientes (nada que no pudieses encontrar en cualquier farmacia normal), y eso es todo lo que hace falta. Lo único especial de los átomos que te componen es que te componen. Ese es, por supuesto, el milagro de la vida.

Hagan o no los átomos vida en otros rincones del universo, hacen muchas otras cosas: nada menos que todo lo demás. Sin ellos, no habría agua ni aire ni rocas ni estrellas y planetas, ni nubes gaseosas lejanas ni nebulosas giratorias ni ninguna de todas las demás cosas que hacen el universo tan agradablemente material. Los átomos son tan numerosos y necesarios que pasamos con facilidad por alto el hecho de que, en realidad, no tienen por qué existir. No hay ninguna ley que exija que el universo se llene de pequeñas partículas de materia o que produzcan luz, gravedad y las otras propiedades de las que depende la existencia. En verdad, no necesita ser un universo. Durante mucho tiempo no lo fue. No había átomos ni universo para que flotaran en él. No había nada..., absolutamente nada en ningún sitio.

Así que demos gracias por los átomos. Pero el hecho de que tengas átomos y que se agrupen de esa manera servicial es sólo parte de lo que te trajo hasta aquí. Para que estés vivo aquí y ahora, en el siglo XXI, y seas tan listo como para saberlo, tuviste también que ser beneficiario de una secuencia excepcional de buena suerte biológica. La supervivencia en laTierra es un asunto de asombrosa complejidad. De los miles y miles de millones de especies de cosas vivas que han existido desde el principio del tiempo, la mayoría (se ha llegado a decir que el 99 por ciento) ya no anda por ahí. Y es que la vida en este planeta no sólo es breve sino de una endeblez deprimente. Constituye un curioso rasgo de nuestra existencia que procedamos de un planeta al que se le da muy bien fomentar la vida, pero al que se le da aún mejor extinguirla.

Una especie media sólo dura en la Tierra unos cuatro millones de años, por lo que, si quieres seguir andando por ahí miles de millones de años, tienes que ser tan inconstante como los átomos que te componen.

Debes estar dispuesto a cambiarlo todo (forma, tamaño, color, especie, filiación, todo) y a hacerlo reiteradamente. Esto es mucho más fácil de decir que de hacer, porque el proceso de cambio es el azar. Pasar del “glóbulo atómico protoplasmático primordial” –como dicen Gilberty Sullivan en su canción– al humano moderno que camina erguido y que razona te ha exigido adquirir por mutación nuevos rasgos una y otra vez, de la forma precisa y oportuna, durante un período sumamente largo. Así que, en los últimos 3800 millones de años, has aborrecido a lo largo de varios períodos el oxígeno y luego lo has adorado, has desarrollado aletas y extremidades y unas garbosas alas, has puesto huevos, has chasqueado el aire con una lengua bífida, has sido satinado, peludo, has vivido bajo tierra, en los árboles, has sido tan grande como un ciervo y tan pequeño como un ratón y un millón de cosas más. Una desviación mínima de cualquiera de esos imperativos de la evolución y podrías estar ahora lamiendo algas en las paredes de una cueva, holgazaneando como una morsa en algún litoral pedregoso o regurgitando aire por un orificio nasal, situado en la parte superior de la cabeza, antes de sumergirte 18 metros a buscar un bocado de deliciosos gusanos de arena.

No sólo has sido tan afortunado como para estar vinculado desde tiempo inmemorial a una línea evolutiva selecta, sino que has sido también muy afortunado –digamos que milagrosamente– en cuanto a tus ancestros personales. Considera que, durante 3800 millones de años, un período de tiempo que nos lleva más allá del nacimiento de las montañas, los ríos y los mares de la Tierra, cada uno de tus antepasados por ambas ramas ha sido lo suficientemente atractivo para hallar una pareja, ha estado lo suficientemente sano para reproducirse y lo han bendecido el destino y las circunstancias lo suficiente como para vivir el tiempo necesario para hacerlo. Ninguno de tus respectivos antepasados pereció aplastado, devorado, ahogado, de hambre, atascado, ni fue herido prematuramente ni desviado de otro modo de su objetivo vital: entregar una pequeña carga de material genético a la pareja adecuada en el momento oportuno para perpetuar la única secuencia posible de combinaciones hereditarias, que pudiese desembocar casual, asombrosa y demasiado brevemente en ti.

Este libro trata de cómo sucedió eso... cómo pasamos, en concreto, de no ser nada en absoluto a ser algo, luego cómo un poco de ese algo se convirtió en nosotros y también algo de lo que pasó entretanto y desde entonces. Es, en realidad, abarcar muchísimo, ya lo sé, y por eso el libro se titula Una breve historia de casi todo, aunque en rigor no lo sea. No podría serlo. Pero, con suerte, cuando lo acabemos tal vez parezca como si lo fuese.

 

 

"Trafalgar", de Benito Pérez Galdós  

En uno de los primeros días de octubre de aquel funesto (1805), mi noble amo me llamó a su cuarto,
y mirándome con su habitual severidad (cualidad tan sólo aparente, pues su carácter era sumamente
blando), me dijo:

-Gabriel, ¿eres tú hombre de valor?

No supe al principio qué contestar, porque, a decir verdad, en mis catorce años de vida no se me había presentado aún ocasión de asombrar el mundo con ningún hecho heroico; pero al oírme llamar hombre me llenó de orgullo, y pareciéndome al mismo tiempo indecoroso negar mi valor ante persona que lo tenía en tan alto grado, contesté con pueril arrogancia:

- Sí, mi amo: soy hombre de valor.

Entonces aquel insigne varón, que había derramado su sangre en cien combates gloriosos, sin que por esto se desdeñara de tratar confiadamente a su leal criado, sonrió ante mí e hízome seña de que me sentara, y ya iba a poner en mi conocimiento alguna importante resolución, cuando su esposa y mi ama doña Francisca entró de súbito en el despacho para dar mayor interés a la conferencia, y comenzó a hablar destempladamente en estos términos:

-No, no irás...; te aseguro que no irás a la escuadra. ¡Pues no faltaba más! ... ¡A tus años y cuando te
has retirado del servicio por viejo...! ¡Ay, Alonsito, has llegado a los setenta y ya no estás para fiestas!

Me parece que aun estoy viendo a aquella respetable cuanto iracundo señora con su gran papalina, su saya de organdí, sus rizos blancos y su lunar peludo a un lado de la barba. Cito estos cuatro detalles heterogéneos porque sin ellos no puede representársela mi memoria. Era una mujer hermosa en la vejez, como la Santa Ana de Murillo, y su belleza respetable habría sido perfecta, y la comparación con la madre de la Virgen exacta, si mi ama hubiese sido muda como una pintura.

 

 

"Cuentos completos I: La trompeta del jucio final", de Isaac Asimov  

- No he podido dejar de entrar al encontrar por fin a alguien trabajando. ¿No sabe qué día es hoy?

- ¿Hoy?

- Es el Día de la Resurrección.

- Ah, sí. Lo sé. Oí el trompetazo. Capaz de despertar a los muertos... Buen chiste, ¿no cree? - Se rió brevemente entre dientes y continuó - Me despertó a las siete de la mañana. Le di un codazo a mi esposa, pero ella siguió durmiendo, como siempre. "Es la trompeta del Juicio Final, querida", le dije. Hortense, mi esposa, contestó: "Está bien", y siguió durmiendo. Yo me bañé, me afeité, me vestí y vine a trabajar.

- ¿Pero por qué?

- ¿Por qué no?

- Ninguno de sus empleados ha venido.

- No, pobres diablos. No pierden oportunidad de tomarse un día de fiesta. Es de esperar. A fin de cuentas, el mundo no se termina todos los días.

[...] Un vozarrón atronador interrumpió con un "aguarda, Horatio", y un caballero muy parecido a Billikan, aunque un poco más arrugado, entró en la oficina, precedido de su narizota, y adoptó una actitud de desaire que tal vez desentonaba un poco con su desnudez absoluta.

- ¿Puedo preguntar por qué has cerrado Delicias Billikan?

Billikan dio la impresión de ir a desmayarse.

- ¡Santo cielo, es papá! ¿De dónde vienes?

- De la tumba - rugió Billikan padre - ¿De dónde crees? Están saliendo del suelo por docenas. Todos desnudos. También las mujeres.

 

 

"Al sur de Granada", de Gerald Brenan  

[En 1920, el británico Gerald Brenan se estableció en el pueblo alpujarreño de Yegen. Años después describió su experiencia en este libro]. Durante los años que siguieron llegué a conocer bastante bien Almería. Era tan fácil llegar - tan sólo nueve o diez horas de viaje - que solía ir cuando quería cambiar mi vida de aldea. Incluso el viaje en autobús era entretenido. Éste botaba entre una nube de polvo a lo largo de la extensa llanura pedregosa, abrazada por los riscos amarillentos que caían hacia el mar y, de repente, se veía abrirse al frente la ciudad blanca, como una ilustración de un libro de viajes a Oriente.

Luego, después de lavarme y cepillarme en el hotel, me sentaba frente a uno de los cafés del paseo. La gente iba de arriba a abajo, de abajo a arriba, deambulando ociosamente sin fin. Terminé por reconocer a la ciega conducida por un niño, al ciego guiado por una vieja, al enérgico hombre de una sola pierna, a la chica con cara de sonámbula, de modo que al cabo del tiempo la mitad de la gente que pasaba por la calle me resultaba familiar.

[...] Dos cosas se combinaban para dar a Almería su carácter especial: animación y monotonía. Era un organillo. Todas las mañanas y todas las tardes se representaba el acto milagroso, que era siempre igual. El patrón cultural español es tan rígido y ajustado, que en una capital de provincias como ésta no podía haber ninguna variación. El noviazgo debía terminar en matrimonio, el matrinomonio en hijos, los cuales hacían que sus padres se metieran en un círculo de estrecheces económicas de las cuales no había esperanza de salir jamás. De este modo, el individuo, con sus esperanzas y con sus sueños, se había marchitado a los treinta años, un eslabón más en la cadena de nacimientos y muertes, y a los cuarenta era como un helecho prensado entre las páginas de un álbum.

 

 "Canción de Navidad", de Charles Dickens  

[Scrooge] cambió de color cuando, sin detenerse, el Espectro pasó a través de la pesada puerta y entró en la habitación ante sus ojos. La moribunda llama dio un salto, como si gritara: "¡Le conozco! ¡Es el espectro de Marley!", y volvió a caer.

La misma cara, exactamente la misma. Marley, con sus cabellos erizados, su chaleco habitual, sus estrechos calzones y sus botas, y con su casaca ribeteada. La cadena que arrastraba la llevaba alrededor de la cintura; era larga y estaba sujeta a él como una cola, y se componía (pues Scrooge la observó muy de cerca) de cajas de caudales, llaves, candados, libros comerciales, documentos y fuertes bolsillos de acero. Su cuerpo era transparente, de modo que Scrooge, observándole y mirando, a través de su chaleco, pudo ver los dos botones de la parte posterior de la casaca.

Scrooge había oído decir muchas veces que Marley no tenía entrañas; pero nunca lo había creído hasta entonces. No, ni aún entonces lo creía. Aunque miraba al Fantasma de parte a parte y le veía en pie delante de él; aunque sentía la escalofriante influencia de sus ojos fríos como la muerte, se sentía aún incrédulo y luchaba contra sus sentidos.

- ¡Cómo! - dijo Scrooge, cáustico y frío como siempre. - ¿Qué queréis de mí?

- ¡Mucho! - contestó la voz de Marley, pues tal era, sin duda.

- ¿Quién sois? 

- Preguntadme quién fui.

- ¿Quién fuisteis, pues? - dijo Scrooge, alzando la voz.

- En vida fui vuestro socio, Jacob Marley.

- ¿Podéís... podéis sentaros? - preguntó Scrooge, mirándole perplejo.

- Puedo.

- Sentaos, pues.

Scrooge hizo esa pregunta porque no sabía sí un espectro tan transparente se hallaría en condiciones de tomar una silla, y pensó que, en el caso de que le fuera imposible, habría necesidad de una explicación embarazosa. Pero el Espectro tomó asiento enfrente del hogar, como si estuviera habituado a ello.

- ¿No creéis en mí? - preguntó el Espectro.

- No - contestó Scrooge.

- ¿Qué evidencia deseáis de mi existencia real, además de la de vuestros sentidos?

 
 

"La metamorfosis", de Franz Kafka  

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido en partes duras con forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo.

Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes bien conocidas.

Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados – Samsa era viajante de comercio –, estaba colgado aquel cuadro, que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero, que estaba allí, sentada muy erguida, y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.

La mirada de Gregor se dirigió después hacia la ventana, y con el tiempo lluvioso se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alfeizar de la ventana que le ponían muy melancólico.

«¿Qué pasaría – pensó – si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?» Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado.

 

 

"El mundo perdido", de Arthur Conan Doyle  

Su padre, el señor Hungerton, era verdaderamente la persona menos dotada de tacto que pudiese hallarse en el mundo; una especie de cacatúa pomposa y desaliñada, de excelente carácter pero absolutamente encerrado en su propio y estúpido yo. Si algo podía haberme alejado de Gladys, era el imaginar un suegro como aquél. Estoy convencido de que creía, de todo corazón, que mis tres visitas semanales a Los Nogalesse debían al placer que yo hallaba en su compañía y, muy especialmente, al deseo de escuchar sus opiniones sobre el bimetalismo, materia en la que iba camino de convertirse en una autoridad.

    Durante una hora o más tuve que oír aquella noche su monótono parloteo acerca de cómo la moneda sin respaldo disipa la seguridad del ahorro, sobre el valor simbólico de la plata, la devaluación de la rupia y los verdaderos patrones de cambio.

    –Supóngase –exclamaba con enfermiza exaltación– que se reclamasen en forma simultánea todas las deudas del mundo y se insistiese en su pago inmediato. ¿Qué ocurriría entonces, dadas las actuales circunstancias?

    Le contesté que eso me convertiría, evidentemente, en un hombre arruinado, ante lo cual saltó de su silla reprochando mi habitual ligereza, que le impedía discutir en mi presencia cualquier tema razonable. Tras decir esto, salió disparado de la habitación para vestirse, porque iba a una reunión de masones.

    ¡Por fin estaba a solas con Gladys, y había llegado la hora que decidiría mi suerte! Durante toda la velada me había sentido como el soldado que espera la señal que le ha de lanzar a una empresa desesperada, alternándose en su ánimo la esperanza de la victoria y el temor al fracaso.

    Ella estaba sentada, y su perfil orgulloso y delicado se recortaba sobre el fondo rojo de la cortina que había detrás de ella. ¡Qué bella era! Y, sin embargo, ¡qué distante! Éramos amigos, muy buenos amigos,pero nunca había podido pasar con ella de una camaradería similar a la que podía unirme a cualquiera de mis colegas periodistas de la Gazette: una camaradería perfectamente franca, afectuosa y asexual.

 
 

"Un punto azul pálido", de Carl Sagan  

::También puedes oir la voz del propio autor leyendo este fragmento::

[En 1990, cuando el Voyager 2 se dirigía definitivamente a los confines del Sistema Solar, el control de la misión decidió girar su cámara hacia la Tierra. Así se obtuvo la imagen de nuestro planeta más alejada jamás lograda: el Voyager 2 estaba a una distancia de más de 6000 millones de kilómetros de la Tierra.]

Tuvimos éxito en tomar esta fotografía, y, en ella, la Tierra no parece gran cosa: es sólo un punto. Pero consideremos de nuevo ese punto. Eso es "aquí". Eso somos nosotros. Eso es nuestro hogar.

En él vive toda la gente que amas, toda la gente que conoces, toda la gente de la que has oído hablar; cada ser humano que existió y vivió su vida; la suma de nuestras alegrías y sufrimientos, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada villano, cada creador y cada destructor, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y cada padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada maestro, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie ha vidido ahí... en una mota de polvo suspendida sobre un rayo de luz.

La Tierra es un escenario minúsculo. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en un momento de gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una mínima fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades infringidas por los habitantes de una esquina de ese pixel a los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Piensa en lo frecuente de sus malentendidos, en la avidez por matarse unos a otros, en lo ferviente de sus odios. Nuestras opiniones, nuestra importancia imaginada, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una mota solitaria de luz envuelta en una inmensa oscuridad cósmica. En esa oscuridad, en toda esa vastedad, no hay ni un solo indicio de que pueda llegarnos ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido capaz de albergar vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pueda migrar. Visitar, sí. Establecerse, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es el único lugar donde podemos quedarnos.

Se ha dicho que la astronomía es una actividad que proporciona humildad y carácter. Quizá no hay mejor demostración de lo absurdo de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amablemente, y de preservar ese pálido punto azul, el único hogar que jamás hemos conocido.

 

 

"Nada", de Carmen Laforet  

Llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.

Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran estación de Francia y los grupos que se formaban entre las personas que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.

[...] Recuerdo que, en pocos minutos, me quedé sola en la gran acera, porque la gente corría a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse en el tranvía. Uno de esos viejos coches de caballos que han vuelto a surgir después de la guerra se detuvo delante de mí y lo tomé sin titubear, causando la envidia de un señor que se lanzaba detrás de él desesperado, agitando el sombrero.

Corrí aquella noche en el desvencijado vehículo, por anchas calles vacías, y atravesé el corazón de la ciudad [...]. Ante la puerta del piso, me acometió un súbito temor [...]. Estuve un rato titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie contestó. Se empezaron a apretar los latidos de mi corazón y oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblona: "¡Ya va! ¡Ya va!"

Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorriendo los cerrojos.

Luego me pareció todo una pesadilla.

 

 

"La Piel Fría", de Albert Sánchez Piñol  

Recuerdo que encendí un quinqué de petróleo. Me senté a la mesa y planifiqué mi horario. Así estaba. [...] Poco después, oí un ruido gracioso y remoto. Más o menos como si escucháramos el trote de un pequeño rebaño de cabras en la lejanía. Al principio, lo confundí con rumor de lluvia, un ruido de gotas gruesas y solitarias. Me levanté y miré por la ventana más cercana. No llovía. La luna llena manchaba de purpurina la superficie del mar. La luz caía sobre los troncos clavados en la playa. Fácilmente podía imaginar miembros humanos, estáticos; el conjunto recordaba un bosque de piedra. Pero no llovía. Me desentendí del asunto y me senté de nuevo. Y entonces vi aquello. Lo vi. La locura me ha robado los ojos, recuerdo que pensé.

En la parte inferior de la puerta había una especie de gatera. Un agujero redondo sobre el cual descansaba una pequeña trampilla móvil. El brazo entraba por allá dentro. Un brazo entero, desnudo, larguísimo. Con movimientos de epiléptico, buscaba algo por el interior. ¿Tal vez el pomo? No era un brazo humano. A pesar de que el quinqué y el fuego no me ofrecían una luz demasiado intensa, en el codo podían apreciarse tres huesos, muy pequeños y más puntiagudos que los nuestros. Pero lo peor de todo era la mano: los dedos estaban unidos por una membrana que casi llegaba a las uñas.

Al desconcierto sucedió una ola de pánico. Grité de espanto al mismo tiempo que saltaba de la silla. Al oírme, un conjunto de voces me replicaron. Estaban por todas partes.

 

 "El Capitán Alatriste", de Arturo Pérez-Reverte

No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes.

Cuando lo conocí, malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedís en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aquí, un pleito o una herencia dudosa por allá, deudas de juego pagadas a medias y algunos etcéteras más. Ahora es fácil criticar todo eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros.

En todo esto Diego Alatriste se desempeñaba con holgura [...], vivía de su espada. Hasta donde yo alcanzo, lo de capitán era más un apodo que un grado efectivo.


 

"Moby Dick", de Herman Melville

Llamadme Ismael. Hace unos años - no importa cuánto hace exactamente -, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, se me ocurrió hacerme a la mar por una temporada y ver la parte acuosa del mundo. Es el sistema que tengo para ahuyentar la melancolía y regular la circulación.

Cuando me sorprendo poniendo una boca triste, cuando mi alma se llena de brumas y lluvias de noviembre, cuando me encuentro parándome sin querer ante las funerarias y, especialmente, cuando la hipocondría me domina de tal modo que debo recurrir a recios principios morales para no salir a la calle y ponerme metódicamente a quitar a golpes los sombreros a los transeúntes..., entonces me doy cuenta de que ha llegado el momento de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala.

Haciendo una floritura filosófica, Catón se arroja sobre su espada; yo, sin ningún aspaviento, me embarco. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano

 
 

 "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daba a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.

Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Mequíades.